Brujear a un gobierno ilegítimo
Mujeres indígenas murui. Obra de Bastardilla. En: Hasta ahí les puedo decir (2017)
En una visita reciente a algunos mambeaderos del pueblo indígena Murui, cercanos a la ciudad de Leticia, conversamos mucho sobre la derrota: la derrota en las elecciones presidenciales y las derrotas de la Selección Colombia. Con aquel humor estoico de los pueblos indígenas, concordamos en que quedaron aplazadas las oportunidades de celebrar juntos. La derrota como luz orientadora de las aspiraciones inciertas. En uno de los mambeaderos, un joven murui preguntó si el gobierno de Abelardo de la Espriella podía ser brujeado. “Brujería”, palabra introducida por los conquistadores españoles para nombrar todo aquello que escapaba de sus esquemas mentales y religiosos, evolucionó en las formas aprendidas del castellano amazónico para referirse a “modos de conocimiento”. De manera que “la brujería” agrupa un amplio repertorio de prácticas curativas, saberes fitoterápicos, formas de exteriorizar la enemistad, técnicas de protección y creaciones inventivas para resolver problemas prácticos. Así, se entiende que algunas personas nombren a los “teléfonos inteligentes” como “brujería del blanco”. La respuesta que recibió el joven murui de algunos de sus mayores, además de satisfacer su curiosidad, puede ayudarnos, por su propia potencia política, a vislumbrar una ruta de cómo proceder ante la adversidad, ante enemigos grotescos y peligrosos.
“Ese gobierno no se puede brujear porque ya es brujería. Nuestra brujería será seguir cuidándonos, protegernos, mantenernos firmes en lo que asegura nuestra vida”. Esa respuesta, que seguramente es compartida por muchos otros sectores populares en Colombia, muestra que este momento de la historia nos desafía a dar lo mejor de nosotros mismos para defender los derechos conquistados, con más entereza que nunca, sin ambigüedades ni resignaciones. ¿Cómo protegernos de la brujería “abelardista”? ¿Qué conjuros, prácticas y hechizos propias vamos a invocar para protegernos? No somos novatos enfrentando gobiernos autoritarios, mezquinos y violentos, así que recurriremos a todo aquello que de algún modo ha sustentado nuestras vidas: a la brujería del apoyo mutuo, a las mingas, a las ollas comunitarias; apelando a las artes del encuentro en las calles, a los gestos solidarios, a las plantas que nos dan energía y orientación: coca (mambe), tabaco, ayahuasca, ajíes, maíces. Realizaremos nuestras fiestas en los pueblos y nuestros rituales sanadores, el carnaval del perdón, del diablo, el baile de frutas (Yuaki del pueblo murui). Seguiremos confiando en el humor como alivio ante lo atroz; la irreverencia luminosa seguirá estando de nuestra parte
Foto: Fernando Urbina – Abuelo muinane José García
Luego de la patética posesión presidencial, infestada de sahumerios inquisitoriales y falsos profetas que matarán en nombre de su dios, tuvimos la certeza de que este gobierno estará más guiado por el militarismo, el vasallaje y la arrogancia clasista que por la sensibilidad ante un país diverso, complejo y herido. Vuelven aquellos valores medievales que conocemos bien, que han sido la raíz trágica de nuestros conflictos y de nuestro extravío. Todo esto ya lo hemos vivido, incluso aparece bien retratado en Los funerales de la Mamá Grande de García Márquez: allí se describe la servidumbre del poder, los testaferros del crimen, los muertos que votan, «el predominio de la clase sobre la plebe», las prebendas, «la trapisonda y el fraude electoral».
De modo que, siguiendo el consejo de los abuelos murui, nuestra protección también recurrirá a las fuerzas confiables de la literatura y el pensamiento crítico. Seguiremos invocando a Marx, a Manuelita Sáenz, a Quintín Lame, a María Cano; cuidaremos en nuestra propia memoria el legado y ejemplo de Benkos Biohó, de Berta Cáceres, de Marielle Franco, de Pedro Baigorri. Invocaremos a nuestros muertos, convidados especiales a la parranda; amplificaremos las letras del punk, del rap, del metal, de las chirimías, la algarabía no se silencia. Defenderemos la educación laica. Tenemos claro, como bien lo sugiere la pedagoga anarquista Antonia Maymón, que la educación religiosa es el primer paso hacia la esclavitud.
Abelardo de la Espriella es uno más de los tiranuelos, con implante capilar, que engrosa la lista del bestiario tropical latinoamericano. Gurrupleta advenediza, más parecido a un milico del siglo XVIII que a un ciudadano esmerado. Su figura encaja muy bien con la descripción que hace José María Vargas Vila del militar novohispano Agustín de Iturbide (1783-1824), proclamado emperador de México con el nombre de Agustín I. Dice Vargas Vila: “Como era déspota, tuvo á (sic) su servicio las dos fuerzas de toda tiranía: el clero y el ejército: la suprema lejanía de la conciencia. Un congreso de curas y soldados puso en sus sienes una corona, y él se creyó rey” (Los divinos y los humanos. 1903. Pág. 17)
La agenda política del viejo gobierno que empieza, además de defender los antiguos privilegios de la república señorial, será meterse a nuestro rancho con sus biblias empolvadas. Querrán capturar nuestra imaginación, importar guerras ajenas y privatizar hasta el miedo. En medio de los bombardeos y de las fumigaciones, debemos emplear nuestras brujerías para cuidarnos de los daños colaterales de nivel psíquico. Plantarán miedo para vendernos falsa seguridad militar; pretenderán convencernos de que debemos elegir entre «males menores» (impuestos a los pobres, fracking, recortes fiscales, más horas de trabajo, no a la educación gratuita).
Isabelle Stengers y Philippe Pignarre lo explican bien en su libro Brujería capitalista (2005). Ellos advierten que no solo estamos expuestos a conflictos económicos, sino también a dispositivos de captura y parálisis que nos impiden pensar y actuar políticamente. Esa tal «batalla cultural» anunciada será una tentativa para debilitar nuestra capacidad crítica y buscar que estemos más vulnerables a sus hechizos (religiosos, nacionalistas, racistas). Contra esa «brujería fascista», como una vez más se dijo en los mambeaderos del Amazonas, interpondremos nuestros propios conjuros. Stengers y Pignarre advierten que necesitaremos algo más que la denuncia, pues si los gobiernos fascistas fueran puestos en peligro por las acusaciones en su contra, ya habrían sucumbido hace mucho tiempo. «La barbarie no le teme a la crítica». Además de la rabia organizada, será vital potenciar nuestros modos de protección recíproca, ejercer la contra-información fundamentada, crear espacios autónomos seguros donde podamos reunirnos, pensar juntos y demoler con ingenio las tormentas de mentiras que se anuncian. Quizá un desafío político en estos cuatro años será aprender a componer un nosotros, que todas nuestras luchas y esfuerzos solidarios sean conjugados en plural, en un nosotros diverso, no exento de contradicciones, pero que nos convoque. Ya que estaremos juntos respirando los mismos gases lacrimógenos, que también estemos juntos defendiendo algunos valores innegociables: igualdad, justicia, libertad, defensa de la vida, de la naturaleza.
