Rincón Literario
Reseña de La hora de los lobos (Planeta, 2025), de Mario Mendoza por Germán Palacio
Germán Palacio
MSc en Sociología Jurídica, University of Wisconsin-Madison. Doctor en Historia, Florida International University-Miami. Director del CEPAM. Último Libro: Fronteras y Horizontes de la Imaginación. Amazonia, vorágine y paraíso recuperado (2025).
Leer a Mario Mendoza implica internarse por acontecimientos que recorren los laberintos, cañerías y personajes más sórdidos y escalofriantes de Bogotá. Se requiere tener los nervios templados para leerlo, sin luego sumirse en pesadillas a la hora de dormir. Los sexagenarios dudamos de leer las fascinantes historias de Mendoza, por truculentas, después de haber vivido y sufrido nuestra propia historia de guerra civil, narcos e inseguridad urbana endémica que nos han acompañado por inolvidables décadas. Tal vez los más jóvenes tengan un hígado mejor que el nuestro para encajar los golpes de las historias de Mendoza que requieren de lectores sadomasoquistas o amantes del género de las películas de terror y la novela negra.
Al leer este nuevo libro de Mendoza, no podemos disociarnos del horror que nos produjo lo que habíamos vivido a la distancia como una noticia periodística atroz, pero que nos contó Mendoza en Satanás, menos con lujo de detalles que con intrincadas conexiones que desembocaron en la tenebrosa matanza de comensales en Pozzetto en 1986. Fue una masacre sin ninguna explicación o justificación satisfactoria, diferente a la fuerza poderosa del demonio, con su capacidad de explotar o de inocular el mal en las personas. Es cierto, Mendoza es muy bueno para este género, nada que se parezca a un discurso edificante, para lo cual, asumo que no es tan bueno. Quienes quieran moralejas y relatos de luchas por derechos humanos, este no es su libro.
A diferencia de las incomprensibles, por no decir, insensatas motivaciones del asesino Campo Elías Delgado, el protagonista de esta historia lobuna, Bruno Guerrero, parece tener mejores justificaciones basadas en unos sentimientos derivados del odio de clases. No se trata del tipo de análisis que nos legó Marx y Engles bajo cuyo prisma el proletariado es el agente redentor de la clase obrera industrial. Esta historia se mueve bajo un esquema teórico que no comparte el odio de clase con los clásicos del siglo XIX, porque las clases, de cierto modo, han cambiado. Ahora hay que reconocer las fuerzas oscuras que motivan la venganza de la gente de los bajos fondos, desempleados, informales e ilegales llamados en sociologías de más estirpe, el lumpen proletariado de un país ecuatorial conectado con el mundo.
Esas conexiones, no sólo se basan en la perica o nieve (para qué recurrir al eufemismo de los informes de Naciones Unidas, de los gobiernos y de las ONGs que hablan de “drogas de uso ilícito”), sino en vínculos que no requieren de la espectacularidad de los capos de fines del siglo XX, sino se mueven bien en la discreción y el sigilo, logrando diversificar y ofrecer además de las convencionales, marihuana y cocaína, con otras drogas. Entre ellas hay que contar con la morfina y una variedad de químicas, incluidas éxtasis, tusi, fentanilo, LSD, metanfetamina, oxicodona, clonazepam, alprazolam y otras sustancias ilegales, que hacen parte de los jugosos negocios que requieren maximizar el riesgo porque contra la propaganda, el crimen sí paga. Esas sustancias pueden hacer ricos a gente que viene de abajo y le ofrecen la oportunidad, si están bien conectados con los de arriba, de ascender socialmente, sin que sea ese su objetivo inicial.
Los nuevos capos no requieren meterse directamente con los reptiles de la política, como fue el error de Pablo Escobar, pero sí entender que hay que conectarse con el estado, los políticos y los aparatos de seguridad oficial para poder prosperar. No se trata de ascender personalmente como líder político, sino de penetrarlos, carcomerlos y ponerlos a su servicio.
La atractiva y seductora “merca” de esos bajos fondos se expande por el mundo con nuevas rutas, pero no necesariamente se enrutan hacia los Estados Unidos, sacándose de encima a la DEA, sino que se articulan también con otros actores mafiosos, rutas novedosas y otros mercados poderosos, como los que se manejan desde México y de Brasil insertándose en las calles de ciudades colombianas. Esa merca-farmacológica no es sólo recreativa, sino que ayuda a templar los nervios y a aliviar el dolor de los rigores del trabajo, del desespero, de la ansiedad, de la depresión, de la persecución de la policía y de las confrontaciones de bandas, tribus urbanas y gangsters, como parte de una lucha de los desheredados postmodernos que requieren fugarse del trabajo, al tiempo les permite cada lunes regresar a él. No por nada trabajo proviene de tripalium, que según mi código laboral anuncia, en una nota de pie de página, que tripalium era un instrumento de tortura utilizado en la edad media.
Hay que tener en cuenta que esta historia no se concentra en proletos industriales enfrentados a patrones capitalistas sino de seres humanos de una capitalismo social y global que son molidos por unos jefes empresariales y representantes del capitalismo que hoy en día se llaman CEOs. No acumulan sólo en las fábricas de los tiempos modernos, sino en los bordes de la informalidad y la marginalidad. El capitalismo se reconvirtió en un sistema que se expandió y permeó la sociedad en su conjunto sin necesitar del salario y la fábrica. La ilegalidad y la violencia, ya no es lo que se escapa del sistema, si alguna vez fue así, sino es el sistema mismo.
Aunque se trate de nuevas historias del siglo XXI que se pueden contrastar con las del siglo XX, no es que no existan conexiones cronológicas. El tránsito entre el pasado y el presente es evidente en Bruno Guerrero, ya que es hijo de un sindicalista asesinado por la patronal de una industria cervecera, pero Bruno nunca se le pasa por la cabeza el himno de “agrupémonos todos en la lucha final” de la internacional proletaria. Siente que tanto él como otros desheredados urbanos tuvieron que nacer en los sótanos y cloacas de la ciudad donde se apeñuzcan humanos que semejan alimañas, cucarachas y roedores hambrientos, desheredados de la tierra. Una cosa es su sentimiento, otra es su situación, pero su lucha no es como la de su padre: no se va a enrolar en una fábrica y a organizar un sindicato.
El crimen y la violencia lo alcanzó antes de ser adulto por lo que no tuvo el tiempo para repetir la historia paterna; su lucha no fue fabril, sino febril, feroz y urbana. A diferencia de su padre, un trabajador honrado y querido por sus compañeros que lucha por mejorar los salarios y su situación laboral, la conciencia de la situación irredenta de Bruno inicia en el borde de la ilegalidad, desde sus años de infancia, cuando camuflaba en su maleta escolar paquetes de perica y la transportaba haciendo entregas a compradores anónimos.
Bruno se crió en Marruecos, un barrio popular que queda detrás de la célebre cárcel de La Picota y estudió en una escuela pública del barrio. Allá irá a templar cuando, ayudando a algunos de sus amigos desheredados, un bacán de “Buenaventura y caney”, encaja un par de tiros antes de ser detenido por la policía.
Por más acciones malvadas que pueda ejecutar nuestro personaje, no es sólo un antihéroe. De algún modo es un héroe también: ¡qué raro! No es el típico fascineroso machista y abelardista, que como nuestro líder de la derecha con orgullo goza al exhibir su pene frente a una presentadora de televisión, sino Bruno es un amante fiel y profundo. Por poner un ejemplo, y para no dañar el suspenso de la historia de Mendoza, su primer gran amor es una chica que nace en un cuerpo de hombre. Ella es espléndida, amorosa e ingenua, pero acaba asesinada por otra banda, la de los Ninjas.
Como otras historias de Mendoza, esta se deja leer porque sus capítulos son cortos, ágiles y fáciles de recorrer. El lector no quiere dejar de lado la novela sino devorarla con prisa. El protagonista transita la novela en tres partes: primero, el Infierno y luego el Purgatorio, lo que lo ubica en una tercera parte: el umbral celestial.
Quizás suene raro lo que voy a decir enseguida y lo digo titubeando, pero no puedo aguantarme las ganas: sospecho que este autor de novela negra tiene una fuerte influencia de trasfondo religioso. Una religiosidad que se arraiga en los de abajo. Sus personajes son influidos por Satanás, como en su novela más conocida, pero en esta novela, la búsqueda de una comunión de los débiles y los maltratados les permitiría entrar al cielo cuando se levanten en comunidad espiritual contra los ricos y poderosos quienes siempre los han despreciado, maltratado y condenado. Ello incluye a pobres, indios y negros, quienes están en trance de rebelarse y vengarse. Pronto llegará la hora de los lobos.
Bogotá, 4 de Junio de 2026
Reseña de La hora de los lobos (Planeta, 2025), de Mario Mendoza por Germán Palacio.
