CEPAM

Reseña "Los niños del Amazonas.
40 días perdidos en la selva"
Daniel Coronell

German Alfonso Palacio Castañeda

Germán Palacio

Director CEPAM

Abogado e historiador. Doctor en Historia de Florida International University. Profesor e investigador de la Universidad Nacional de Colombia, Sede Amazonia. Director del CEPAM.

Daniel Coronell. Los Niños del Amazonas. 40 días perdidos en la selva (Bogotá: Aguilar, 2023).

Este libro de Coronell, con el rigor, agilidad narrativa y claridad que le acostumbra, relata una de las historias que tuvo en vilo al país, pero también, vale decirlo, a muchos habitantes del planeta en el año 2023. Se trata de la historia de un rescate de unos niños perdidos en la selva amazónica debido al accidente de un pequeño aeroplano.

Su primer capítulo titula “un dulce escondite” y se refiere a que las dos niñas, un niño y una bebé que vivían en medio de la selva escaparon a castigos infligidos por el padrastro de las dos mayores. El villano de esa historia no era un blanco explotador o un colonialista sanguinario, sino un indígena, su padrastro, el marido de su madre.

Si al periodista le interesan los nombres precisos, datos y acontecimientos, nosotros no repetiremos el nombre del abusador. Lo cierto es que el malvado de la historia acosaba a la niña mayor, amenazaba y la golpeaba a ella y a sus hermanos, pero también maltrataba a la madre. En la última ocasión, antes del accidente aéreo, la agarró inmisericorde a planazos de machete que la llevó a huir donde sus parientes y otros paisanos de su comunidad para protegerse. Por eso se entiende bien que enfrentadas a semejantes aterrorizadoras golpizas, les pudiera parecer la selva como un dulce escondite, un lugar seguro que las protegería de estas escenas de violencia intrafamiliar. Como se verá, ese escondite las preparó para sobrevivir de manera improbable en la selva cuando sobrevivieron al accidente.

Ante el pedido de perdón del marido aporreador, uno entre tantos, posiblemente no el último, Magdalena, la mamá de los niños se dirigió en lancha hacia Araracuara (Caquetá), el lugar donde existió la tristemente célebre colonia penal de máxima seguridad, un lugar inescapable, del tipo que se edificaron en el mundo, por decir en Australia por el imperio británico, San Quintín frente a las costas de San Francisco o la isla del Diablo en la Guyana Francesa donde le tocó sobrevivir y escapar a Papillon. Pues bien, desde Araracuara se treparon los pasajeros en una avioneta hacia San José del Guaviare para luego ir a Bogotá, donde la esperaba el lindo angelito de su marido.

El aeroplano Cessna que cubría la ruta después de décadas de vuelo decidió no soportar la vejez y el maltrato de sus materiales, nadie quiso escuchar lo que decía su motor y sus latas y se apagó antes de precipitarse sobre las selvas del Cunare en la serranía de Chiribiquete (p.38). Cayó de cabeza el armatroste con el piloto, los pasajeros, la mamá de los niños y los niños contra los árboles y el suelo, sin suficiente amortiguación, lo que los liquidó a todos casi instantáneamente, con excepción de los chicos que estaban acomodados en la parte de atrás de la avioneta.

Parafraseando a Coronell “no fue la tecnología de punta de Google, ni la inteligencia artificial, ni el entrenamiento de las fuerzas especiales de la Fuerza Aérea, las que permitieron encontrar el avión, sino un chico indígena de la etnia piratapuyo de catorce años” quien se encontró con un aparato que hasta entonces no había visto en su vida. Y, tampoco fueron sólo esas mismas herramientas las definitivas para encontrar a los niños un mes después sino un bejuco insospechado para unos, pero no necesariamente para muchos indígenas amazónicos: el yagé. No una yerba sagrada como titula su capítulo Coronell sino un bejuco, sí retorcido y claro, modesto y subvalorado. Embejucado, en este caso, sería diferente a lo que en el interior andino entendemos.

Pero no hay que exagerar. El rescate de los cuatro niños, la mayor de trece años, la segunda de nueve, el tercero de cuatro y la última, una bebé de brazos, ocurrió por la confluencia de actores,  militares e indígenas, herramientas ultramodernas y tradicionales, fuerzas trabajando en coaliciones improbables y la presión telenovelesca, diríamos antes, y ahora la presión generada por zaperoco cacofónico de las redes sociales especulando y muchas veces mezclando política de la más baja en estas circunstancias espeluznantes.

Pocas veces es posible juntar los actores que acabaron trabajando mancomunadamente, con crisis ocasionales, aspiraciones de protagonismo y recelos mutuos que se sobrepusieron a las circunstancias desafiantes que exigió el rescate. Esas circunstancias exigen reconocer el esfuerzo combinado, pero siempre en vilo de un general particular que se presentó ante los indígenas, él mismo, como indígena guane; segundo, un heroico perro rastreador; tercero, unos soldados, fuerzas especiales entrenadas para rescates; cuarto, unas organizaciones indígenas comprometidas con la causa, incluida la Guardia Indígena, haciendo de tripas corazón, forzadas a trabajar con militares cargando una historia ancestral de conflictos y maltratos. Y, aunque el yagé pudo haber sido la clave final y probablemente la estrella de la película, así como un respetado sabedor indígena, Don Rubio, no se podría descartar en el reparto cinematográfico otras plantas sagradas que pusieron su parte en el proceso, tales como el tabaco y su derivado, el ambil, así como la coca y su derivado, el mambe, endulzador de la palabra.

Supimos que la historia tuvo final feliz, por eso al leer el libro, lo más importante no es el final en sí mismo. Los cuatro niños fueron rescatados. Sin embargo, ese final tuvo sus costos: el perro rastreador, quien no es realmente una mascota como hoy las entendemos, nos lo advierte Coronell, quien se perdió en la selva y no pudo ser encontrado dejando desconsolados a todos los colombianos, especialmente a los animalistas urbanos; segundo, el marido y padrastro matoneador y codicioso, que aspiraba a ganar dinero demandando a la empresa, fue a parar a la prisión; tercero, los niños se los llevó el Instituto de Bienestar Familiar, la autoridad pública encargada del cuidado y bienestar de los niños, antes de ser devueltos a sus abuelos, después de haber perdido a su madre. Nada se dice de las empresas que vuelan la Amazonia y otros territorios de frontera que han reunido un número significativo de casos que han conducido a siniestros sólo memorables para quienes vivimos en el territorio y para sus parientes.

Otros libros están siendo publicados desde el punto de vista de diferentes actores, lo cual tiene sentido porque la historia despertó los corazones nobles de un país golpeado por la violencia tratando de cambiar un cuento de más de cinco siglos de racismo. Siempre habrá quienes se resistan porque han sido privilegiados o porque son ignorantes o porque de maldad también están condimentados los corazones de la especie humana.

Lo único que me resta, además de alentar a los lectores a leer la historia y a penetrar en las contradicciones humanas de un acontecimiento que tuvo de tragedia, pero también de heroísmo y final feliz, es decir que el contenido tiene mucho que ver con el rescate más que con los niños. Ellos no son los protagonistas sino el leitmotiv de la historia. me quedé pensando que la alegría de haber encontrado con vida a los niños no suspende y, probablemente, no cambia en el mediano plazo la existencia de ellos ni de otros niños talentosos indígenas capaces de sobrevivir en medio de la selva en las peores condiciones imaginables. Esos niños supieron descifrar los peligros de la selva porque la conocen y porque sintieron que era un dulce escondite, no un infierno verde. Sin embargo, ese conocimiento, la base para un diálogo de saberes, no les servirá cuando crezcan y los alienten a presentarse a las pruebas del ICFES para ingresar a la universidad. Sin demeritar la inteligencia de aquellos que logran sacar los mejores resultados, creería que no habrían pasado esa prueba, ni sobrevivido un par de días en la selva. Yo tampoco la habría pasado, ustedes lo pueden imaginar y yo lo debo reconocer.

Daniel Coronell. Los Niños del Amazonas. 40 días perdidos en la selva (Bogotá: Aguilar, 2023).

Reseña de: Germán A. Palacio, Profesor Titular, Universidad Nacional de Colombia, Sede Amazonia.

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