Reseña «Mil soles espléndidos» Khaled Hosseini

Germán Palacio

Abogado e historiador. Doctor en Historia de Florida International University. Profesor e investigador de la Universidad Nacional de Colombia Sede Amazonia.

Director CEPAM

Mil soles espléndidos. Khaled Hosseini. Primera edición, junio de 2009. Primera traducción en español, 2020, Penguin Random House.

Si se hubiera esmerado, el autor de esta novela, un muy exitoso escritor afgano, best-seller del New York Times, no habría podido encontrar un título más contraevidente. Cuando la joven adolescente Mariam no hizo caso a su madre, Nana, por primera vez en su vida y se fue a buscar, infructuosamente, a su amado padre en la ciudad, pero a su regreso tuvo que cargar con la culpa del ahorcamiento de su madre quien le había advertido de la desgarradora decepción que se encontraría. Para que Mariam aprendiera lo duro que le había quedado el arroz, su esposo Rashid la hizo masticar piedras hasta sangrar su boca y partirse un par de muelas. Para asegurarse que Laila se casara con él, le pintó irrefutablemente que su otra opción podría implicar trabajar en el más despreciable burdel, además de inventarle, con pelos y señales, y muy convincentemente, que su joven amado había caído bajo fuego cruzado entre milicias enemigas en la frontera de Afganistán con Pakistán después de haber perdido su segunda pierna. El autor anuncia en el título algo arduo de encontrar.

Por ejemplo, una serie de palizas conyugales hacen parte de la vida cotidiana de las dos protagonistas, Mariam y Laila. Con alegría infinita el lector disfruta la muerte sangrienta de Rashid a manos de sus esposas en una batalla campal de correazos, arañazos, puñetazos y patadones hasta que, con una afilada pala, Mariam logra partirle la crisma a su marido cuando estaba a punto de asfixiar a Laila. No puedo creer que exista un lector que no haya aplaudido frenéticamente en ese momento de éxtasis y alivio. Si existió más de algún sol espléndido en esta novela, los dedos de una mano habrían servido para contarlos.

Esta historia transcurre en Afganistán entre las ciudades de Herat, donde hay tanto poeta que si alguien estira una pierna podría darle un patadón a alguno de ellos, y Kabul, la capital. Un país cuyos habitantes imaginan su historia, con un pasado memorable, como las famosas y gigantes estatuas budistas y la ruta de la sede que unía a China con Europa, pero fundamentalmente marcado por invasiones permanentes en épocas remotas, empezando con los macedonios de Alejandro Magno, otros pueblos expansionistas tales como los sasánidas de Persia, árabes y mongoles, particularmente el célebre Gengis Khan.

Sin pretender ser experto en la materia, me podría arriesgar a pensar que el nacionalismo afgano se cementa en esta historia de invasiones. Contra el supuesto estereotípico de los Estados nacionales que, por ejemplo, comparten una misma lengua, la novela permite detectar importantes diferenciaciones idiomáticas, tal como pashtún, árabe, farsi, uzbeko, tayiko y hazara, hablado, no por pequeñas poblaciones, como en el caso colombiano, sino lenguas habladas, hoy en día, por millones de personas. Probablemente los invasores han ayudado a cimentar la unidad de este rugoso y áspero país montañoso.

Más recientemente, bien avanzado el siglo XX, los soviéticos que crearon la República Democrática de Afganistán fueron derrotados, pero dejaron sus famosos fusiles Kalashnikovs, con los cuales las distintas facciones milicianas y tribales afganas se destrozaron, sufriendo nuestras protagonistas las calamidades de la guerra civil, a veces más sanguinarias que otras guerras convencionales, como bien lo sabemos los colombianos. Cuando finalmente logran vencer los talibanes y fundan el Estado Islámico de Afganistán, el odio nacionalista hacia los soviéticos es remplazado por una ley islámica estricta y sanguinaria, la Sharia.

Esta historia que arranca en 1973, cuando ya Mariam tiene 14 años, transcurre entre el conflicto por la invasión soviética, hasta su derrumbe a fines de los 1980s, la guerra civil, la victoria de los muyadijines, hasta la nueva invasión americana justificada en el derribamiento de las Torres Gemelas y la negativa de los talibanes de entregar a Osama bin Laden. Khaled Hosseini, el autor de la novela, la publica antes del desenlace reciente durante el gobierno de Joe Biden, con la retirada caótica americana de 2022, salida anunciada y mal preparada desde el gobierno de Donald Trump.

Se trata de una historia narrada por un hombre sobre mujeres que, como bien lo sabe Nana, la madre de Mariam, una mujer atribulada e infeliz, siempre tienen que resistir. Resistencia es entonces el nombre de la respuesta de las mujeres a la infamia sanguinaria liderada por hombres santos que interpretan de forma particular, por no decir despiadada, el Corán. No siempre ha sido así, por lo que en el texto se encuentran figuras masculinas que no encajan en ese estereotipo, empezando con Tarik, el enamorado de Laila, por ejemplo. Comparado con los yugos matrimoniales que tienen que soportar nuestras protagonistas, Mariam y Laila, nuestra tradición católica que ofrecía a algunas mujeres el encierro y confinamiento del convento, la alternativa de volverse monjas podría parecer un cuento de hadas.

En esta sociedad, como en otras sociedades tradicionales, donde de política solo hablan los hombres ya que Dios ha hecho distintos a los hombres y a las mujeres, según deja claro alguno de los milicianos talibanes, las mujeres sirven para tener hijos, efectivamente, principalmente hombres, aunque a las madres les sirva de consuelo que las hijas estén ahí para cuidarlas hasta el fin de sus días. La Sharia, esa ley implacable, se aplica a hombres y mujeres de una manera general, pero también cuidadosamente diferenciada. Para todos, sin discriminación: hay que rezar 5 veces al día y está prohibido cantar, bailar, juegos de mesa y azar, elevar cometas, escribir libros, ver películas o pintar. Ustedes invéntense otra idea divertida y verán que también la prohíben. Los hombres, en particular, se deben dejar crecer la barba, un puño por debajo del mentón. Y, las sanciones por violación de la ley, -todas son graves-, pero tienen en los azotes su mejor método pedagógico.

Las prescripciones para las mujeres son las siguientes: deben permanecer en casa; si salen deben ser acompañadas por un pariente masculino; el rostro no lo podrán mostrar, ni llevar cosméticos, ni joyas, ni ropa seductora, ni mirar a los hombres a los ojos, ni reír en público, ni pintar las uñas; ni ir a la escuela y tienen que obedecer a sus maridos. Algunos comportamientos pueden tener sanciones más draconianas, por ejemplo, las que cometan adulterio serán lapidadas. No puedo imaginarlas a ustedes, queridas colegas lectoras, sin sopapos y latigazos tatuados en sus cuerpos, si vivieran bajo ese régimen legal. No olvidemos, como dicen el autor que, en ese régimen de terror, particularmente contra las mujeres, huir de la casa, se volvió un delito común.

Al pensar en esto, no puedo menos que agradecer a las luchas de las mujeres y de los variados feminismos, algunos de los cuales ya sé que irritan a no pocos y pocas. No debemos olvidar que todavía en 1932 en Colombia, las mujeres no podían declarar en juicios, ya que, imagínense, ¿quién podría creer en palabra de mujer? Solo hasta 1957 las mujeres pudieron votar en Colombia y se instauró la jerarquía del matrimonio regido por el Estado, se debilitó el poder de la iglesia y el matrimonio católico y se instituyó claramente el divorcio. Dos palabras, una colombiana y una mexicana son particularmente significativas como expresiones coloquiales: ¡padrísimo y qué machera! Por supuesto que, todavía, existen talibanes no afganos regados por el mundo, pero ya no les ampara la ley.

Quizás sí exista en la novela, no mil soles espléndidos, pero al menos uno, lo podría recordar: la unión en la resistencia de Mariam y Laila, que pasan de enemigas declaradas a enemigas “nunca más”. Esta relación de poder entre ellas acaba siendo sustituida por el amor, el sacrificio de una por la otra y el cuidado compartido de los hijos, independientemente de la maternidad de sangre. El autor, podría argüir, en su defensa: un sol que vale como mil.

Parafraseando el dicho de Khalil Gibran, que esgrime Laila contra Tarik quien la acusa de fanfarrona, deberíamos insistir en que, en situaciones de miedo y terror, está más que bien en confiar secretos al viento, sin importar reproches, para que el viento se lo cuente a los árboles y ya nadie lo pueda ignorar.

Mil soles espléndidos. Khaled Hosseini
Mil soles espléndidos, Khaled Hosseini.

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