Reseña «El Sueño del Celta» Mario Vargas Llosa

Germán Palacio

Abogado e historiador. Doctor en Historia de Florida International University. Profesor e investigador de la Universidad Nacional de Colombia Sede Amazonia.

Director CEPAM

El Sueño del Celta. Mario Vargas Llosa, Penguin Random House, 2015, Bogotá. (Barcelona, Primera Edición, 2010).

Esta novela está dividida en 3 secciones principales que llevan el nombre de Congo, Amazonía e Irlanda. Se trata de una biografía del irlandés Roger Casement, pero es articulada por su vida memorable en estos 3 continentes distantes del planeta Tierra, África, Suramérica y el Norte de Europa. Esta división espacial es cruzada por otra categorización etaria, es decir, las secciones hacen énfasis en momentos diferenciados de la edad del protagonista, de modo que la primera parte en el Congo tiene mucho que ver con la infancia y juventud de Casement, así como Amazonía realza su época adulta, de madurez, y finalmente, la parte de Irlanda se refiere al desenlace de su vida que acaba siendo desafortunada, ya que es condenado a morir por traición a la que podría ya no ser su patria, Gran Bretaña, y todos los esfuerzos de sus amigos y admiradores de conmutar la pena capital resultan infructuosos. Sólo se puede decir que estas secciones hacen énfasis en esos momentos y lugares distintos, pero no quiere decir esto que recurrentemente las evocaciones de espaciales y temporales se dejen de entrecruzar dentro de los capítulos.

El contexto colonialista de la época es esencial para entender el entrelazamiento de los distintos lugares. Se trata de fines del siglo XIX, una época en que el imperialismo europeo juega a dividirse el mundo, particularmente África, en lo que algunos han llamado “la rapiña por África”. Vale la pena que los lectores recuerden que, mientras que los europeos encontraron e invadieron América a fines del siglo XV, la penetración europea al interior de África, en contraste, fue mucho más tardía y esa relación fue marcada por puestos comerciales y depósitos de mercaderías en las costas africanas y que debido al grave descenso poblacional indígena en El Caribe, una verdadera catástrofe demográfica, las prácticas esclavistas en África se intensificaron para poder comerciar con los mercaderes portugueses, holandeses, ingleses y franceses, principalmente. Como sabemos, comerciantes árabes también participaron en este comercio, como los mercaderes de Zanzíbar, por lo que la esclavitud en sus variaciones, es más compleja de lo que usualmente pensamos. La esclavitud en América se volvió algo diferente y fue clave para la acumulación originaria de capital en Europa por el desarrollo de plantaciones, particularmente, aunque no exclusivamente, de carácter azucarero. Sin exagerar en demasía, el azúcar del siglo XVII y XVIII se podría comparar con el tráfico de otra mercancía blancuzca e ilegal contemporánea, como lo es la cocaína.

Esta empresa colonialista no se presenta en Europa como un saqueo completamente evidente, sino que se envuelve en un delicado empaque ideológico justificatorio que normalmente se formula con base en la metáfora civilización y barbarie. En 1885, se reúnen en la Conferencia de Berlín los poderes europeos y con el propósito civilizatorio de poner fin a la esclavitud, esas potencias en realidad están preocupadas por evitar confrontaciones armadas entre ellos en África. En esa reunión se le concede a Leopoldo II de Bélgica, la región de El Congo que se llamó en su momento el Estado Libre del Congo y hoy se conoce como la República del Congo. Esta situación sólo se sostiene hasta 1914 cuando estalla la Primera Guerra Mundial. Emocionado por los nobles propósitos europeos, el joven y romántico Roger Casement se enrola en los esfuerzos del monarca belga Leopoldo II, quien promete abolir la esclavitud, ampliar el comercio, acabar con las prácticas bárbaras asociadas al canibalismo y la superstición y cristianizar a paganos.

La ilusión de Roger no dura tanto y muy pronto, en poco más de 2 años, vive en persona los engañosos y traicionados nobles propósitos y descubre la cruda realidad de tortura y explotación.  En poco más de 20 años se cree que el Congo belga perdió el 50% de su población indígena que se calculaba originalmente en 16 millones de habitantes. Siendo súbdito de la Corona británica, Casement eventualmente recibe el encargo oficial de hacer un reporte sobre la situación real de la explotación de caucho y otros recursos naturales tales como marfil y pieles.

Paralelamente, Casement conoce a Joseph Conrad quien es considerado uno de los más importantes escritores en lengua inglesa, aunque es de antepasados polacos y ucranianos. Una avanzada del progreso y sobretodo En el Corazón de las Tinieblas, lo consagra como gran escritor y lo acerca intelectual y espiritualmente a nuestro protagonista ya que relata la tragedia en el Congo. Una diferencia fundamental los separa en la concepción de esas realidades a estos dos brillantes escritores ingleses pero extrañados, el uno por polaco y el otro por irlandés. Ambos denuncian las crueldades, en distinto formato, la novela y el reporte de crónica, pero se podría decir que difieren en un punto clave de concepción. Para Conrad, la selva y la barbarie hace degenerar los espíritus: los europeos se enfrentan a una especie de infierno verde. Para el otro, la explotación y tortura practicadas por los torcidos intereses europeos son los que degeneran la selva y los espíritus africanos. En este sentido, Casement es una especie de Bartolomé de Las Casas que denuncia la vileza de la conquista española, pero 4 siglos después, primero en África y luego en Amazonia.

La historia en el Putumayo es más conocida en Perú, Colombia, Brasil y otros países suramericanos. Para los colombianos, la novela de José Eustasio Rivera, Vorágine, hace parte de los clásicos de la novela latinoamericana de la primera parte del siglo XX, con un protagonista llamado Arturo Cova quien desde el primer renglón del texto confiesa que: “Jugó su corazón al azar y se lo ganó la Violencia” en la más épica narrativa escrita por un colombiano sobre la frontera amazorinocense.

Desde África y Amazonia, el lector es llevado por Vargas Llosa a una conexión inesperada: la toma de conciencia del protagonista de que su natal Irlanda es una colonia británica que requiere ser liberada. Conclusión: Irlanda tan lejos de Congo y Putumayo, pero Irlanda tan cerca: la subordinación colonial. Acá empiezan los extrañamientos políticos: ¿es justa, acaso esa comparación? ¿Algunos de los amigos no irlandeses de Casement se empiezan a preguntar si se está volviendo simplemente un extremista?

Evidentemente, Casement va sufriendo una transformación que hace parte de su matriz emocional romántico. Recordemos que el romanticismo tiene 3 vetas centrales, una asociada al arrobamiento por la naturaleza; otra relacionada con el amor desgarrado que puede conducir a la muerte o al suicidio; y, por último, la veta política: el nacionalismo. La lengua, las costumbres, el folclor, la religión, de paso, mayoritariamente católica, a la cual perteneció su madre quien tuvo la precaución de bautizarlo. Pero como todo el contexto no es simplemente abstracto e intelectual, el romanticismo de Casement se cruza eventualmente con los dramáticos acontecimientos europeos en la Primera Guerra Mundial y contra todos los pronósticos, Casement acaba aliándose con la causa alemana, clave para su perdición, en función de la liberación de Irlanda, su patria amada. De ser considerado un noble y respetado, hasta venerado, promotor de justas causas, acaba condenado como traidor.

En ese proceso, todas las herramientas que fueren necesarias para hundirlo son utilizadas por los cuerpos de seguridad británicos en su contra. De modo que, si real o fantasiosamente era homosexual, fue otro factor clave para su desprestigio y condena final. Más importante de lo amarillista de esta denuncia, con la cual juega Vargas Llosa, es el dilema torturante de una persona que erigió su reputación como un estandar moral, pero que termina acusado de degenerado y pederasta en un contexto que ocurre hace una centuria y no en la revolución cultural sexual y de género del fin del siglo XX. Sabemos que Casement se acompaña de la lectura de “La Imitación de Cristo”, uno de los textos más famosos y leídos del catolicismo. Me sorprende que, reconociéndose como católico, Casement no recurra a la confesión, mecanismo que no es propio del cristianismo protestante pero sí del apostólico y romano, una forma de expiar las culpas.

Aunque el texto de Vargas Llosa es fascinante y, en general, bien documentado, tiene algunos puntos que podrían parecer débiles o que son, a veces errores. Varias veces el texto se siente reiterativo en los detalles, descripciones y calificaciones. En el capítulo de Irlanda, parece en ocasiones simplemente desordenado. Su uso indiscriminado e intercambiable de Putumayo y Amazonia, suena un poco abusivo, pero en realidad no afecta a la novela. Otros errores se pueden perdonar, por ejemplo, cuando habla de las plantaciones de caucho, cuando no existen plantaciones porque el caucho esta regado de manera silvestre y debe ser identificado y marcado en un territorio para ser ordeñado. Todavía no ha ocurrido la aventura de Fordlandia para poder hablar de plantaciones.

Otros puntos llaman la atención: por ejemplo, el amante de Casement, espía y traidor vikingo, Eivind Adler Christensen desaparece de la novela y, a pesar de su gran importancia para la tragedia de Casement, no hay ningún esfuerzo por saber qué pasó con el personaje que simplemente se diluye en la novela. Igualmente, en los créditos, diluye a los autores colombianos por completo, al tiempo que cita a numerosos autores peruanos y a 3 de la Amazonía, cuando son también peruanos, particularmente de Iquitos. Sólo dos colombianos son citados, el importante historiador Jorge Orlando Melo quien no es experto en Amazonia y el gran escritor Héctor Abad Faciolince, quien tampoco ha publicado sobre la Amazonia, y de todos modos no son citados como colombianos. 

Independiente de lo anterior, no cabe la menor duda que Vargas Llosa es muy imaginativo al establecer de manera novelada algunas conexiones aparentemente bizarras. No creo que sea tan fácil que los colombianos fueran conscientes de una historia que nos conecta con África e Irlanda. Evidentemente los que han escrito sobre plantas medicinales saben que la quina amazónica fue clave para la penetración de África con el propósito de tratar de enfrentar las enfermedades febrífugas, particularmente la malaria. Estas conexiones son cada vez más reconocidas. No es casualidad que el Papa Francisco haya citado al Congo y a la Amazonia expresamente en su Encíclica Laudato Sí, -el cuidado de la Casa Común-, aunque en un contexto ambiental. En cambio, hace 100 años, Roger Casement hizo esta conexión de manera política y cultural como denuncia del imperialismo europeo. Quizás la derrota de Alemania en la primera Guerra Mundial hizo que la importancia desmesurada de sus Reportes se hubiera desinflado y el papel rutilante de Casement en la historia mundial de los derechos humanos haya sido opacada.

Reseña el sueño del celta
Foto: https://www.penguinlibros.com/

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