RINCÓN LITERARIO

Reseña “El viento conoce mi nombre” Isabel Allende

German Alfonso Palacio Castañeda

Germán Palacio

Director CEPAM

Abogado e historiador. Doctor en Historia de Florida International University. Profesor e investigador de la Universidad Nacional de Colombia, Sede Amazonia. Director del CEPAM y del Centro de Investigaciones Amazónicas, IMANI.

Isabel Allende. El viento conoce mi nombre. Plaza Janés-Penguin Grupo Editorial, Bogotá, 2023

El libro arranca en Viena en 1938 contando la historia infortunada de la familia Adler. Una narración que ata sorprendentemente a desterrados del mundo de diferentes siglos, desde antes de mitad del siglo XX hasta la segunda década del siglo XXI. Une a judíos de origen austríaco con centroamericanos procedentes de El Salvador que se empeñan en cruzar la línea fronteriza de México y Estados Unidos. ¿Cómo ocurre semejante cosa?

A raíz del pogromo, los linchamientos que solían ocurrir en Rusia desde fines del siglo XIX, pero en este caso ocurrido en Austria y conocido como la Noche de los Cristales Rotos en 1938, los judíos austriacos son masacrados, sus sinagogas saqueadas, sus negocios apedreados, sus vitrinas destrozadas y la persecución sistemática nazi se ensaña con ellos, de modo que los que pueden se ven forzados a huir. La familia del pequeño Samuel Adler logra enviarlo a Londres justo unos meses después de estos desventurados acontecimientos y justo antes de ser víctimas de campos de concentración nazis.

 Desde pequeño, Samuel es un precoz y virtuoso violinista que sobrevive como puede, en el abandono, sin saber el destino fatal de sus padres. Hasta casi el fin de sus días, vivirá acompañado de un sentimiento de soledad irredimible, pero a los 25 años, lo suficientemente crecido, pero sin raigambre, eventualmente, se marcha a New Orleans a aprender de esa música sincopada y cuasi experimental de la época, muy propia de los afroamericanos, y que se conoce como jazz.

Como la literatura no sigue los cánones cronológicos de la historia, los capítulos se presentan con fragmentos discontinuos, que nos llevan a un cuento que va a brincar a otra masacre, la de Mozote, a fines del siglo XX, en El Salvador. Dos masacres, una en Europa central y otra en Centroamérica, empiezan a unir las historias distantes en tiempo y espacio. En este último caso se trató de una operación cruel perpetrada por grupos paramilitares, de esos que la CIA sabía organizar y desplegó en la Guerra Fría, que fue caliente en aquellos países más débiles o desamparados donde anidó la lucha contra el comunismo real o supuesto, es decir, contra los pobres de las zonas rurales acusados de hacer parte del Frente Farabundo Martí. Leticia Cordero, quien ha huido de esa masacre y fue llevada por su padre a cruzar a nado el río Bravo, trabajará en algún momento como empleada doméstica en la casa de Samuel, quien vive en California, cuando logró ser reconocido por su talento y se enroló como profesor en la Universidad de Berkeley.

La historia se empieza a volver cada vez más compleja, ya que Leticia Cordero resulta ser la única pariente de una chiquilla salvadoreña que intentó cruzar la frontera llevada por su madre, pero separada de ella por los agentes de migración, representantes de las políticas implacables de Donald Trump de tolerancia cero, que no se podrían llamar nazis, por la distancia histórica, pero podríamos llamarlos así para que nos entendiéramos para calibrar su crueldad. Para descubrir este parentesco, debemos saber también que una activista de una ONG, Selena Durán, una fronteriza norteamericana que vive en Nogales, Arizona que queda a 10 minutos de Nogales, Sonora, trabaja en el proyecto “Magnolia” para apoyar a refugiados e inmigrantes, y quien logra enganchar y enredar amorosamente a un abogado de un bufete bien acreditado de San Francisco, Frank Angileri, para hacer un trabajo pro bono en favor de niños migrantes.

De este modo entra en escena Anita Díaz, una niña salvadoreña a quien el viento conoce su nombre, y quien es otra víctima de la crueldad de la violencia de su país y de la violencia institucionalizada en la frontera de los Estados Unidos con México. Los cabos sueltos de esta historia, finalmente, son atados ya que Leticia es la única pariente sobreviviente en Estados Unidos de Anita.

En este caso, la pandemia sirvió de partera de nuevas relaciones. Leticia, quien trabaja como empleada doméstica se queda viviendo permanentemente en casa de Samuel debido a la cuarentena, por lo que Anita acaba también asociada a Samuel, quien ve en ella al infante abandonado que fue él mismo. Su soledad después de los 80s, cuando su vida a está a punto de marchitarse, empieza a ser poblada por las dos mujeres de origen salvadoreño, Leticia y Anita. Su paternidad, de la cual no se siente tan orgulloso, porque sus mismos hijos que han vivido en las mayores comodidades en los Estados Unidos comparten la ideología del gran estafador que ha logrado ascender a la presidencia de los Estados Unidos, Donald Trump, el superhéroe de los supremacistas blancos. Esto es algo que, evidentemente, Samuel, con la carga acumulada de su experiencia, no puede soportar.

El viento conoce mi nombre no es una de sus mejores historias, pero es muy oportuna ya que se mueve en la cresta de la coyuntura internacional. Tiene mucho interés para inmigrantes y poblaciones de frontera, así como para hacer un balance del siniestro ex presidente de los Estados Unidos, muy alabado imprudentemente por el uribismo colombiano. Ellos le hicieron campaña en las últimas elecciones cuando fue derrotado por Joe Biden. Del mismo modo lo hacía, el Presidente criminal de El Salvador, Nayib Bukele, quien consiguió ayuda del gobierno de Trump para construir una megaprisión, sobre la que algunos dicen que es la más grande de América Latina, lo que sería sorprendente para un país tan pequeño, pero no puedo certificar esta información. Lo cierto es que buena parte de su éxito se basa en el despiadado trato a los igualmente despiadados criminales de la Mara Salvatrucha y otras bandas de El Salvador. Su cercanía con Trump puede calibrarse cuando sentó su protesta contra el gobierno de Joe Biden en relación al allanamiento de Mar-a-Lago, por el FBI en el año 2022. 

Por esta razón, debo señalar una perla que no puedo dejar pasar, a pesar de toda mi admiración literaria por Isabel Allende, así como mi afinidad política con ella. El día siguiente al primer encuentro amoroso de Selena, la valiente activista de derechos de migrantes, con el joven y acreditado abogado Frank Angileri en San Salvador (pg. 213 y 214), fueron a visitar a un amigo del abogado, un prestante funcionario de la Embajada de los Estados Unidos, de apellido Doherty. Con el propósito de conseguir más información, autoprotegerse y obtener facilidades para las pesquisas que apuntaban a descifrar los antecedentes y justificaciones en favor de Anita Díaz, la niña cuyo nombre era conocido por el viento entablan una curiosa conversación. Hay dos párrafos que revelan el quid de esta crítica: el primero lo pronuncia la narradora de la historia y dice así: “Los dos amigos se pusieron al día sobre sus vidas, la política en los Estados Unidos, el nuevo presidente de El Salvador, un joven populista que ya se había enfrentado con los americanos, y el problema ineludible de la emigración masiva de salvadoreños.” El texto intercala otro párrafo enseguida que no lo pronuncia la narradora sino el funcionario: “ ̶ La gente se va por falta de oportunidades, pero sobre todo por la inseguridad… No han podido controlar a las pandillas, los traficantes y los narcos ̶  dijo Doherty.”

No sé si los editores no notaron el punto o si en medio de la pandemia se le fueron las luces a nuestra brillante escritora. Me cuesta trabajo creer que la Allende piense hoy en día como habla la narradora. Pero tampoco basta con argumentar que lo que dijo Doherty no la compromete, cuando aclimató su afirmación con lo de “joven populista que se había enfrentado con los americanos.” Una falta de criterio raro en Isabel Allende. Si en 2011, Bukele fue parte del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, FMLN, para ganar una elección, no lo convierte en un joven populista que se había enfrentado a los gringos, sino en un oportunista que se enganchó en el tren que conducía a ganar las elecciones en que participó. Sin embargo, después de distanciarse y pelear con el FMLN, se caracterizó por una política descarnada del fin justifica los medios sin importar el costo, lo cual no sólo justifica a Trump sino a todos los extremistas políticos, religiosos o mafiosos. Y criticar a Biden por una acción judicial en el marco de las reglas del ordenamiento de la justicia en los Estados Unidos no puede reforzar la idea de que Bukele es un joven populista que se enfrentó a los Estados Unidos. Como supuestamente en la izquierda somos anti-imperialistas, cualquier cosa dicha en contra de Estados Unidos debe ser celebrada. Si eso hiciéramos, pecaríamos de ligereza y de sobre-simplificación política, que me niego a creer que sea el caso de la Allende.

La historia que nos cuenta Isabel Allende está bien escrita, no podía ser de otro modo. La problemática es muy actual y su trama es inesperada y sorprendente. También tiene final feliz, lo que es curioso, debido al ominoso presente de guerra, crisis climática, inequidades globales y pulsiones criminales de los poderosos y muchos de los que gobiernan.

Leticia, 24/07/2023    

Reseña “El viento conoce mi nombre” Isabel Allende

Isabel Allende. El viento conoce mi nombre. Plaza Janés-Penguin Grupo Editorial, Bogotá, 2023

5 comentarios en “Reseña “El viento conoce mi nombre” Isabel Allende”

  1. Palpo, cuando veo a los que van en el flujo procesional de los inmigrantes, dos mundos de diferentes etiquetas pero, en la búsqueda de la vida, en donde el perpetrador es manifiesto y pone a unos pocos con la posibilidad de llegar…
    i) la Noche de los Cristales Rotos en 1938
    ii) masacre, la de Mozote, a fines del siglo XX
    Dos grupos diferentes pero en un solo sentir la vida, hasta donde tu quieras.

  2. Yo soy doblemente inmigrante! Vine a USA legal a trabajar por una compañía americana de dueños chinos! Procedente de centro America! Siendo director de operaciones en Illinois, me trasladaron a Monterrey México, como director de operaciones de una subsidiaria de la empresa americana!
    Y con toda honestidad puedo decir que en México! Fuí mas discriminado que en USA! O sea que no es EL LEON COMO LO PiNTAN!

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