Viaje de Postconflicto entre el Vichada, el Guaviare y el Guainía

Germán Palacio

Abogado e historiador. Doctor en Historia de Florida International University. Profesor e investigador de la Universidad Nacional de Colombia Sede Amazonia.

Director CEPAM

9 de oct. de 2019. Salimos a Villavo por Easyfly rumbo a Barranco Minas, Guainía. No pudimos viajar a Barranco ese mismo día porque cancelaron el vuelo. No es algo de extrañar en territorios de frontera interna amazónica, desconocidos para la mayoría de [email protected] [email protected]

El inmenso cauce del Guatiquía que dio hospedaje a la ciudad de Villavo es un pedregal, sólo cursado por hilitos de agua que van al Meta, ya que la Nación construyó Chingaza para que los millones de bogotanos pudieran apropiar y tomar agua.

Nos quedamos en Villavicencio Plaza, cerca del parque del Hacha. Efectivamente un hacha está en el centro del parque, haciendo irónico eco a los titanes que han tumbado la selva de galería para que el Llano sea más orondo, los jinetes hinchen el pecho y el paisaje insista que es de un horizonte infinito.

El 10 salimos temprano después de madrugar a pesar maletas en Transguárimo en vuelo rumbo a Cumaribo, Inírida y Barranco Minas. Humanos y sus cargas y encargos se disputaban los espacios del tubo interior del DC3, perteneciente originalmente al Ejército de los Estados Unidos, y entregado para funcionamiento el 26 de septiembre de 1944.  Entre la carga nos alegraba el piar de los pollitos que iban con destino al Vichada. Linda música mañanera, aunque uno no sabe qué pensaban los pollitos.

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Foto: Germán Palacio.

Salimos a las 9 am y avanzábamos a 300 kilómetros por hora, por lo que en dos horas estuvimos en Cumaribo a orillas del río Vichada. Solo unas nubes nos esperaban cuando ya nos acercamos. Bosques de galería parecían un flujo de savia sobre el terreno levemente ondulado y a ratos amarillento. Unas rayas de trochas como cicatrices surcaban sobre la cara de la llanura.

Después de una corta espera, amenizada por la toma de un selfie con mis acompañantes y unas fotos del heroico avión que lleva más de 7 décadas volando, se subieron un buen número de paisanos y agarramos rumbo a Inírida.

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Foto: Germán Palacio.

Desde Cumaribo cruzamos el río Vichada hacia el sur. Hacia el norte se divisaba, por las ventanitas aseguradas por tuercas comunes, el paisaje de ecotono con bosques de galería, aunque más tupidos que los que vimos desde los aires anteriormente, pero hacia el sur, un totalmente denso bosque amazorinocense se podía atisbar sobre las alas del avión y entre las cabezas de pasajeras, paisanas indígenas embarazadas seguramente remitidas por los Servicios de salud. A la media hora sobrevolábamos el río Guaviare, primero, y 35 minutos después logramos aterrizar en Inírida.

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Foto: Germán Palacio.

Faltando 10 para la 1 pm salimos de Inírida rumbo a Barranco Minas y de regreso al río Guaviare. Varias madresviejas se divisaban desde la cabina del piloto que me invitó a dar un vistazo. La cabina iba bien protegida por una pequeña imagen amarillenta de una Virgen del Carmen, patrona de transportadores. Estábamos haciendo un circuito raro para quienes no conocemos los intríngulis de la circulación de pasajeros en un lugar de muy baja densidad de población entre el Vichada, el Guaviare y el Guainía.

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Foto: Germán Palacio.

Llegamos faltando 10 para las 2pm a Barranco Minas. Una tupida selva solo ocasionalmente surcada por cauces de ríos era lo que se veía desde la cabina. Desde un supersónico, a mayor altura, se habría visto nuestro avioncito desplazándose sobre un brócoli; así de tupida sería la selva. Depende desde dónde se le mire.

Después de recibir las últimas maletas, en una pista bien administrada hace tres décadas por el legendario villano Negro Acacio, y el negociante brasilero Fernandinho, el paso obligado era registrar la cédula ante una improvisada mesa interpuesta por los militares para llevar el control de todo lo que entra y sale. Ya no está Acacio, ahora lo hace el Ejército.

Un trato de frontera en un territorio poblado por indígenas sikuanis, que llaman guahibos. También en este departamento hay piapocos, puinaves y curripacos, además de colonos ganaderos y cocaleros, sin contar con paramilitares y guerrillas de las disidencias de las FARC, quienes hace poco firmaron un acuerdo con el gobierno anterior, pero los recién elegidos en 2018, prefirieron, abierta o solapadamente, dedicarse a sabotear los acuerdos, para poder encender los pabilos de las guerras.

Hablar de postconflicto claro que es un eufemismo, porque algunos de los que gobiernan, es decir, los verdaderos poderes, le sacan mucho provecho a la guerra. Podrían decir mejor que se dedicaron a “pacificar” en vez de hablar de postconflicto, pero no les conviene porque perderían los recursos de la cooperación internacional.

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